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” A MI MANERA ” Una conciencia activa



AUTOR

DR. NSE. LUIS M. LABATH

Ex Director Médico del Hospital José M. Cullen. Periodo: 2002-2007.

Fuente bibliográfica ; Neurociencias. ASOCIACIÓN EDUCAR ,  publicación del miércoles, 16 de diciembre de 2015.

 

 A MI MANERA, UNA CONCIENCIA ACTIVA

Así es como se traduce el nombre de la canción popular «My Way», adaptada al inglés por Paul Anka, basada en la canción francesa «Comme d’habitude», escrita por Claude François y Jacques Revaux, con letra en francés de Claude François y Gilles Thibaut. La primera interpretación fue realizada por Frank Sinatra, y se fortaleció tanto la identificación de la canción con el intérprete que se convirtió con el paso de los años en un símbolo musical y cultural en todo el mundo. ¡Es maravillosa!… ¿La recuerdan?…

Dice así: “Estoy mirando atrás y puedo ver mi vida entera/Sé que estoy en paz, pues la viví a mi manera./Crecí sin derrochar, logré abrazar al mundo todo/y más, Mil sueños más. Viví a mi modo./Dolor no conocí y recibí compensaciones./Seguí sin vacilar, logré vencer las decepciones./Mi plan jamás falló y me mostró y mil y un recodos./Y más, sí, mucho más, viví a mi modo./Ese fui yo que ha de repetir/y hasta el azar quise perseguir./ Si me oculté, si me arriesgué, lo que perdí no lo lloré./Porque viví, siempre viví… A mi manera…/Sabe también sufrí y compartí camino largos./Perdí y rescaté mas no guardé tiempos amargos./Jamás me arrepentí si amando di todos mis sueños./Lloré y si reí fue a mi manera/Qué pueden decir o criticar./Si yo a aprendí a renunciar./Si hay que morir y hay que pasar, nada dejé sin entregar/porque Viví, siempre viví, A MI MANERA”.

Si bien todos sabemos gozar del lado cálido de la vida, la “Doctrina Sinatra” exige también ser uno mismo cuando llegan los golpes, cuando el mundo se hace mucho más real en los momentos que aparecen encrucijadas en el camino, con desvíos, largos rodeos o senderos divergentes que obligan a otras decisiones.

El ser humano es pura conciencia de sí mismo. La propia existencia es un espejo de lo que se hace y piensa. Es un artefacto que tiene en su propio proceso mental la medida y la noción de sus actos. No tiene naturaleza, en el sentido de una entidad autorreferencial por el simple hecho de vivir, sino conciencia. Una percepción y una capacidad de pensar sobre el mundo, incluyendo la propia experiencia, que distingue hace Ser.

Pero esta conciencia de sí mismo es, sin embargo, la extensión juiciosa de lo que es. La forma en que vive, los conceptos que elabora sobre la existencia y los problemas son las ideas y las nociones que van configurando, en el proceso de la vida cotidiana, la conciencia. Ésta es una relación entre la subjetividad y el mundo, operacionalizada por el cerebro.

Como fuere, siempre el propósito es plantear el problema de la conciencia sobre uno mismo. Sobre lo que hace y es. Si bien los actos y la existencia están condicionados por el medio social en el que se vive, el saber y la capacidad dependen de la formación con la que se estructura la personalidad. Es una formación jamás acabada, considerando que sin una constante retroalimentación de informaciones, conocimiento y renovación de experiencias esa formación no sólo se estanca, se fosiliza y retrocede a niveles de repetición o, peor aún, de involución.

La inteligencia abierta al crecimiento y a la acumulación mayor de saberes es a un tiempo una conciencia activa, dinámica, en interacción permanente y analítica con el mundo y con la ciencia, las verdades y las hipótesis que se vienen formulando.

La conciencia no está situada en un área concreta del cerebro sino que tiene sustratos neuronales ampliamente dispersos por diferentes sistemas cerebrales:

 

el sistema tálamo cortical, hipotálamo, formación reticular y las regiones asociadas. Para sostener la sensación de unidad de la conciencia es necesario un elevado número de neuronas que interaccionen de manera rápida y recíproca. Si eso no sucede se pierde parte de esa conciencia. Pero, parece ser que la experiencia consciente no se encuentra asociada a una única zona del cerebro, sino a cambios en los patrones de actividad que se producen simultáneamente en muchas regiones del cerebro. Pero, eso, por sí sólo, no explicaría esa sensación subjetiva de conciencia. Para que eso se dé deben suceder más cosas.

Para que esa conciencia superior suceda necesitamos memoria y capacidades semánticas. No sólo debe haber un patrón de activación, sino que, además, debe producirse un feedback constante (mecanismo de retroalimentación) entre esas neuronas y circuitos neuronales, ya que esa reentrada es la que garantiza la integración necesaria para que pueda crearse una escena en la conciencia primaria. Llegaría así a la hipótesis del núcleo dinámico, con esos patrones de activación y retroalimentación constantes, que cambian en milisegundos, y arrojan una información a la conciencia que permite formar una sensación del “Yo mismo”. Por debajo, discurre un caudal enorme de actividades inconscientes que sostienen esos procesos imposibles de percibir.

Cada decisión siempre obliga a una definición, incluso si el resultado no es el esperado. El solo hecho de haber elegido por uno mismo lleva un paso adelante e n la evolución personal, porque decididamente son pocas las personas que disfrutan embarcándose en proyectos aparentemente imposibles, desde el momento que elegir es cansador, mucho más, enfrentar decisiones radicales.

El inmovilismo, por su lado, acaba siendo mucho más agotador, solo por incorporar a la escena la frustración y por observar cómo se dispersan las oportunidades que podrían conducir a otros destinos. Por eso, las personas que manifiestan abiertamente lo que piensan, si bien pueden encontrar en un primer momento algunas fricciones, a la larga evitan más dificultades, mucho más que los que viven preocupados por agradar, por hacer silencio sistemático aunque no estén de acuerdo, de los que soportan reacciones dispares ante las disidencias.

Todo es más o menos así, porque el entorno acostumbra a un determinado nivel de sumisión. Sin embargo, para vivir más tranquilo, debería ser capaz de decir sin vueltas lo que piensa y siente, tomar decisiones y definirse, sabiendo de antemano que queda expuesto a los vaivenes de la fortuna. En eso, las personas proactivas pueden fracasar, pero, como saben extraer lecciones vitales, vuelven a la carga con otras estrategias y objetivos, con más experiencia y logran el balance final positivo. En cambio, los temerosos se aferran a lo que tienen, incapaces de salir de la zona de confort donde la inmovilidad les impide alcanzar nada.

Siempre trazar el propio camino, asegura errores, derrotas, pérdidas, también, aciertos, éxitos y ganancias. Por lo tanto, para poder decir “yo estoy vivo” es necesario actuar “conscientemente”. Conscientes de las cosas que importan, que se valoran, de por qué se actúa de una manera u otra, de lo que se busca. Estar vivo es ser consciente de uno, de lo que uno es, de lo que quiere y de cómo se comporta para satisfacer sus deseos. Por eso vivir es, sin duda, ser uno mismo.

Es posible ser conscientes gracias a que la información que se posee está altamente integrada y avala aquello que la cantidad de información integrada que una entidad posee se corresponde con el nivel de conciencia. Por su parte, Gerald Edelman, biólogo estadounidense que obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1972, dice para hacerlo más fácil: “Conciencia es lo que usted tiene si está despierto y lo que usted pierde en el sueño profundo bajo anestesia y recupera de nuevo al despertar”.

La conciencia emocional es ante todo, conciencia del mundo. Es estar volcado sobre el mundo, es ser consciente de sí mismo, se trasciende y aprehende el mundo. Certifica que la conciencia se trasforma a sí misma para trasformar el mundo, y, según señala el filósofo Jean Paul-Sartre, “la consciencia no se limita a proyectar significaciones afectivas sobre el mundo que le rodea: vive en el mundo que acaba de crear”.

A efectos prácticos, la conciencia se refiere a la capacidad que indica qué está bien o mal. Estas valoraciones del instante que acontece permiten al individuo percibirse a sí mismo como alguien capaz de modificar su entorno, o por el contrario, como alguien sujeto a unas restricciones que lo superan. Tenemos conciencia cuando sabemos lo que está aconteciendo en nuestro “Yo” y otorgarle un concepto en lo que es propio del mundo interior, o, de lo que es del mundo exterior que en él se refleja.

La capacidad del ser humano para ser consciente y razonar está marcada desde el nacimiento, y el pensamiento creativo no es más que otra forma de expresión inherente a la condición humana, por eso, tan valiente es el que escucha la mente, como el que escucha al corazón. Basado en eso cuesta entender la facilidad con que muchos renuncian a su potencialidad, cómo olvidan sus propias posibilidades o porqué se hunden en la negatividad sin salidas, solo por tomar decisiones basadas en emociones efímeras o por elegir una vida intrascendente.

También vivir contradictoriamente es una realidad frecuente, y eso se refleja primero en las emociones, porque como dijimos muchas veces el cuerpo no es más que la expresión de lo que está en la mente, y si lo que está ahí no es correcto, existe una alteración generalizada donde las personas detractan todo por decidir bajo caprichos, llevados por la corriente, por presiones externas, no aman, o no se siente admirados.

Si bien la “doctrina Sinatra” exige no dejar de ser uno mismo cuando en lugar de parabienes llegan los golpes, la reacción de ira y de resentimiento debería evitarse, para que no termine culpabilizando a terceros, negando la autoría de los propios actos o delegando el mando porque la cosa se pone espesa. Vivir de este modo es vivir tiranizados por el hemisferio cerebral izquierdo con persistencia del pensamiento lógico y racional, sobre la imaginación, la intuición y hasta la creatividad.

El cambio (de existir la predisposición a ello) desmitifica el “no arriesgarse” e intenta algo diferente para no quedar atrapado en la monotonía de una vida sin color, fundamentalmente porque desea una vida diferente practicada con estabilidad con lo que piensa, lo que dice, sobretodo, “ocupándose de vivir como lo desea”.

Vivir con consciencia es no contradecir con las acciones lo que sabe e importa, simplemente, porque es responsabilidad de uno no alejarse del propio camino. Quien sabe vivir “a su manera”, siempre encuentra “su” guía personal para seguir adelante, para que, cuando caiga “el último telón” del que habla la canción de Paul Anka, quede satisfecho con la obra que ha realizado de su propia vida.